lunes, 20 de mayo de 2013

Un flor de inaperuto.


UN FLOR DE INAPERUTO.


Es dable explicar el origen de esta palabreja acuñada por Càndido Cantero, un personaje del Barrio General Dìaz de Pilar; caserío en añejas nupcias con el arroyo Ñeembucu y de amores furtivos con el río Paraguay _
Una tibia tarde de Junio sucedió lo que sucedió y ninguna historia lo recogería para la posteridad si no fuera por Pechecho Sánchez cuyo sillón de cable pretende ganar el segundo lugar del Guinnes de permanencia en la calle, al costado de Manufactura Pilar, récord cuyo liderazgo lo sostienen los sillones de mimbre de los Quintana, a cien metros del "Deportivo" y del arroyo Ñeembucu.


Voy a terminar de relatarles los antecedentes antes de entrar en tema pese a que – aclaro – entre mis objetivos del decenio me he fijado visitar a Pechecho Sanchez para indagar más sobre esta historia que deambula como un fantasma desatinado por cuanta reunión se produce en los dos hemisferios irreconciliables que dividen mi barrio: la Villa Alta y la Villa Baja, que para más datos, no tiene nada que ver con clases sociales sino con su ubicación en relaciòn al citado arroyo Ñeembucù

Por abundar en detalles y reafirmar la aclaratoria, por ejemplo: Raùl Antola, prestigioso abogado, muy ligado a la poderosa cúpula ganadera pertenece a la Villa Baja, mientras que Gonzalo Quintana, ex parlamentario no muy diestro en las artes de la acumulación tiene su casa familiar en los límites de la Villa Alta cuya línea demarcatoria constituyen las arenas eternas de la calle Mello.

Les decía que una tibia tarde de Junio; año 1978, Bartolomé Espìnola retornaba a su vivienda (Calle de la Fábrica esquina Mello, justamente), presto a recoger sus libros para encaminarse al “Comercio” (Bachillerato comercial de aquél tiempo). No tardò en distinguir antes de vadear la esquina que el humo a pucho que se percibía era el de Candido Cantero y seguro que sentado en uno de los dos sillones de Pechecho frente a la residencia de éste, y por cierto, frente a su propia casa.

Las alternativas eran : quedarse a discutir sobre polìtica con ellos – como siempre – y perder su jornada de clases – como casi siempre – o evadirlos con un saludo amable y cara de nomejodaisporquenotengotiempo.

Cuando dio la vuelta la esquina y los encontró allí se dio cuenta que la cosa era más complicada. Ambos amigos leían enormes ejemplares del diario LA NACION de Buenos Aires ( lujitos que nos dábamos en Pilar)

En realidad Pechecho sentado, con el diario sábana de LA NACION desplegado en un sillón y Candido Cantero con el suplemento econòmico idem en otro , y con la brisa encima, parecían dos veleros, la Pinta y la Niña y con viento a favor. Lo raro y atractivo de estar en posesión de un diario porteño y la seguridad de una inminente discusión es lo que hizo que el estudiante ( que debía vivir por entonces sus 24 o 25 años) decidiera quedarse con sus vecinos.

Un motivo puntual ( que me he prometido profundizar con Pechecho antes del próximo fin del mundo ) desencadenó la chispa. Seguro que el tema era político. Lo cierto es que la discusión fue subiendo de tono hacia alcanzar la estratosfera del insulto.

Vale indicar aquí como detalle útil ( e inocultable petulancia) que en mi barrio de aquel tiempo el peor leìdo se entretenía con las novelitas de expeditivo Keint Luger o el gòtico Marcial La Fuente Estefanìa , ambas plumas esclavas de la editorial Bruguera para sus novelitas de Cow Boy ; ya no hablemos del éxito editorial del Pequeño Mataburros Larousse que en este rincón de Pilar se vendió mas que el cable chato de ver televisión.

Retomemos. Bartolo tenia una perdición. Era un buceador de palabras raras, una especie de Indiana Jones del palabrerío desopilante. Y Candido Cantero lo sabía.

Las estadísticas de sus últimas cuarenta y ocho discusiones demostraban que ante la detonación de una palabra poco frecuentada Bartolo incurrìa en una exageración: abandonaba el círculo e iba a su casa a consultar el diccionario para volver con un retruque que siempre estaba provisto de una mejor aplicación del término declamado.

Pechecho Sanchez recoge y sostiene (versión Pedro Miranda 1986 y Pocho Brull 1989) que cuando la discusión estaba en su punto eruptivo y Càndido Cantero inexorablemente perdía la pulseada verbal ante el tsunami argumental de Bartolomé Espìnola; recurre èste ( Cantero) a una aviesa maniobra que si bien celebrada aun hoy como ocurrencia genial es criticada por varios preciosistas del diálogo barrial e imputada con la figura de “golpe bajo innecesario”.

“Sucede que cuando se ve perdido ( versión Arnaldo Martinucci 1991) Càndido Cantero recurre a lo único que podría salvarlo del descenso intelectual : le esputó (leyó bien, no dije espetó)una palabra imposible, indomable, inescrutable, encriptada, laberíntica, paralelepípeda. Bueno. Lo que le gritó fue : ¡ Nde niko peteì INAPERUTO!

Una escena de Fellini no hubiera retratado mejor lo que paso después.

En una palabra; se escuchó el silencio. Bartolomé Espínola contuvo su respiración por un minuto tratando de bombear aire hacia su cerebro que pugnaba por encontrar la acepción, su significado, o por lo menos un sinónimo o un antónimo aunque más no sea, para saber por donde empezar la réplica… pero nada.

En un gesto que lo retrata a cuerpo entero en su honestidad intelectual girò sobre sus talones y cruzó la calle con sonambulísticos brazos extendidos hacia el Diccionario salvador.
Cuando volvió dos minutos después para enrostrar a Cantero su trágica perversión filológica, su falacia diccionaria y en concreto la inexistencia de la palabra lanzada , Cándido Cantero -alias Ñakyrà - era un caminito de humo ya demasiado lejos, casi frente al Almacén de Doña Lika, irremediablemente lejos para la réplica reparadora.

El Barrio General Díaz no ha resuelto aun si Cándido Cantero es héroe o Villano, las opiniones están divididas como la pasión futbolística de navidad cuando en el clásico de fin de año se enfrentan Villa Alta y Villa Baja y nadie sabe al final quien ganó o fue un empate. Nadie que logró recuperarse de la resaca tuvo esa precisa, jamás. (ADS) —

EL DIA QUE ME MORI


EL DIA QUE ME MORI
Un homenaje a Mamà.


Mama tuvo la culpa. Yo era el hijo menor, el consagrado de los mimos y un día de reyes insistí que quería una de dos, o un traje de Batman o uno del Zorro.

Me gustaba Batman porque era el único superhéroe que arreglaba las cosas a los puños, no tenia poderes extraordinarios pero tenia un auto fantástico. Robin me era indiferente, pese a lo que 40 años después se supo de ambos. Picarones.

Pero finalmente el traje que llego fue el de “El Zorro” incluyendo una espada colonial española autentica – de juguete – que luego los vecinos del barrio lograron replicar con unos filos de tacuara y el cubrepuños de tapa de dulce de duraznos que “andaba” lo mismo, aunque con cierta regularidad debían ir hasta “Previsiòn” (IPS) a suturarse parte del brazo propio o acompañar la sutura de alguno ajeno.

Lo cierto es que estuve muy contento con mi traje del Zorro ese día. Las primeras horas fue de mirarme al espejo y enseñar a los mas próximos de la casa. Ah. Venia con un guante también. Chusco era.

Serian las 09 de la mañana cuando desde la ventana observé que la calle ya era una concentración importante de vecinitos con sus respetivos regalos: la mayor parte de ellos camioncitos, alguna pelota, un triciclo y alguien con una pistola rara que diez años después descubrirían los técnicos de efectos especiales de “Star Wars” para el cine.

Fue entonces cuando hice aquella aparición, al grito de “ Taaaaan taaaaaaaannn” y me arroje desde la ventana. Tuve tiempo incluso de controlar durante una millonésima de segundo si la capa brillante de satèn negra se desplegaba tan espectacular como me planteaba. Cuando me puse feliz porque era así, mi nariz ya había pegado en el piso, pero igual me repuse, recupere la espada y no me detuve ni a llorar ni a reparar siquiera en el hilo de sangre que empezaba a brotar de la rodilla que oficio de paracaídas.

Pantaloncito corto, negro, camisa abotonada hasta el cuello, negra como la noche, con la Z bordada en el bolsillo izquierdo, capa, antifaz y hasta el bigotito prolijo de Guy Williams que mi viejo, don Ninìn me había pintado con la prolijidad y oficio para la exactitud, de quien sabia ser Contable del BNF y caricaturista a la vez.

Por un momento reinó el silencio en los vecinitos y fueron los segundos de gloria que toda la alfombra roja de 70 veces 7 Cajas no me hubiera ofrecido jamàs.

Veinte minutos después, cuando al gordo Salomòn empezaron a gritarle “Sargento Garcia” por mi culpa tuve que retornar a mi casa, un poco porque el impacto emocional terminó y otro poco porque el gordo Salomòn se acercò subrepticiamente y me dijo : “ si no te vás te cago a patadas”. Y bue..tampoco era cosa de poner en juego el prestigio de uno en un día tan importante.
Cuando regresé a mi casa fue que paso lo que pasó.
Al reingresar por la ventana se me ocurrió que esa rodilla necesitaba el inefable "mercurio de cromo", y era bueno ponerse antes que los viejos descubran la herida porque el procedimiento progenitor ante tales evidencias era siempre empezar con el alcohol rectificado y nada estaba mas lejos de mi amor propio de super héroe que permitir que mis vecinitos y mucho menos el gordo Salomon, me escucharan chillar por el picor de ese horrible desinfectante. La idea era pues adelantarse con el rojo remedio indoloro.

Pero cuando ya estaba allí, frente al botiquín se me ocurrió doblar la apuesta de la ficción. No iba a ser un esfuerzo de producción muy grande volver a salir a la calle, instalar la espada entre mi pecho y el brazo, como que estuviera clavada, la camisa abierta y un manchón de sangre postiza, mercurio cromo mediante, bañándome el pecho. ¡Brillante!.

Robe el mercuro cromo del botiquín y sali hasta el portón, observe de nuevo a los chicos jugando, me desabotoné la camisa, derramé todo el frasco sobre el pecho, me tiré a piso sosteniendo la espada clavada entre el pecho y el brazo y exclamè a voz de cuello:
- Me hirieron.. Maldiciòn…!

Antes que el Sargento Garcia y los demás repararan en tan impactante montaje mi madre, que había escuchado el clamor, ya se dirigía a la calle con un alarido de desesperación.

Mire para el otro lado y los chicos empezaban a venirse presurosos a ver la escena, del otro mi madre corría hacia aquí. ¿qué haría?. ¿Sostendrìa un rato mas la agonía en homenaje al espectáculo o me incorporarìa para la tranquilidad maternal?.
El cine pudo más.
Llegaron todos a escena al mismo tiempo y al mismo tiempo todos advirtieron que era un burdo montaje.
A mis amiguitos le gusto mucho.
A mamá…. Bueno.
No ligué porque era el día de Reyes y porque era el menor, el consentido.
Y porque a mi viejo le encantaban esas cosas y cuando quedábamos solos me iba a felicitar.

Un homenaje a Mama por estos días que se recuerda el día de ellas y tuvieron que soportarnos tantas cosas. Un beso a donde estàs doña Justita

Siameses unidos por un beso.



Siameses unidos por un beso.

No necesitó terminar ese café para comprender que lo que empezaba era una historia de amor. Por sobre sus hombros Adrian miraba la bahía de Asunción en la única tarde fría de diciembre, con los dedos de lluvia danzando desde el sur.

En rigor fue poner sobre la mesa todas esas cartas de seducción que se acomodan favorables una sola vez en la vida con tanta tibieza, un lujo de jugada – de ambos-  un ajedrez magistral.

Ya no existen esos lazos, Valeria y Adrian  caminan hoy, distanciados por las circunstancias, aunque no se ha retirado de esos instantes en que la soledad se posa sobre los hombros de la gente, esa deliciosa hora del día en que ella y él, se cruzan en viceversas memorias, como un tren que no termina.

Nunca tuve un amor así – me dijo  Adrian - y ojala que no vuelva a sucederme. El mundo ha construido alrededor de mi y alrededor de ella demasiadas cosas para evitar que  volvamos a habitar esa isla. En este barco que nos rescato del lapsus volvemos por estos tiempos, como un castigo social, engrillados, esclavos del mundo, obligados al trabajo forzado de la normalidad.

Atrapados en celdas distintas, cada vez que nos cruzamos la mirada- sin embargo- la dignidad se burla de la hipocresía en la inútil misión de poner en pretérito el verbo persistir, que mudando una ere y sacando una pe, todos los días y en la mas loca clandestinidad, se convierte en resistir.


Valeria volvió a su casa, a su familia y se juraron mil veces que solo esperaban que ambos  que sean felices, en una poderosa simbiosis de afecto e hipocresía. Se juraron también mil veces, que como en todas las historias de amor del mundo, el olvido termina por expedir los tickets del nunca mas, y se enseñaban en la memoria los pasajes del viejo tren a Sapucai que un día recogieron del piso de una estación abandonada y lo compartieron como símbolo del rumbo que soñaban.

Ambos supieron por mucho tiempo que soltarse las manos era  necesario. Lo que no supieron es como hacer para que no se apague el sol cuando ello suceda.


De palomas, musgos y olvidos.


 

De palomas, musgos y olvidos.


El otoño había llegado con la alfombra de hojas de bronce sobre los bancos húmedos de la plaza del puerto. Nadie habitaba este sitio de árboles centenarios salvo 12 palomas cobardes, desacostumbradas de atención, huérfanas de jubilados.
Las plazas cuando se deshabitan, se arrinconan, se grisean  y  se asemejan a esa parte de los cementerios que envejeció con sus mausoleos sin visitantes y habita mundos de testimonio de sus historias del ayer, como un rincón de un museo.
La plaza quedo a un costado de todo, se fue achicando en colores, primero se fueron sus niños, niños con voces, con camisas de colores, con pasos de prisa, con pelotazos y esas maldiciones infantiles que solo se pueden desperdigar en una plaza, lejos de la madre represora. Después se fueron los estudiantes. Los besos de estudiantes. Desaparecida del lugar, la pasión, condenaron a muerte a los bancos, que  como la cal de los sepulcros nunca más despintaron sus verdes pinturas nuevas en las faldas ni en los pantalones de nadie y su gesto estético impecable empezó a lucir grotesco en medio del gris, como un paladar nuevo en un vaso, en la mesa de noche.
Y se fueron los jubilados después. No volvieron porque se murieron. O por que el barrio se fue. O porque el estacionamiento del hipermercado que daba a los mejores descansos de sol en el oeste ya no permitía silencios, o porque el nuevo edificio corporativo cargó con el sol a sus espaldas y dejo un solo dedo negro y grueso cruzando con un vaho de humedad y frio, por el caminero central. O porque finalmente decidieron que vivan en otras casas donde el saludo mañanero de  un sereno reemplaza el beso de prisa de los hijos y una enfermera asume la memoria de sus medicinas.
Luego se fueron las palomas habitués. Estas que llamaban  por su nombre a los jubilados y que hablaban con ellos  y que se conocían con insólita eficiencia las fechas de cobro y coreaban tangos viejos con los viejos. Palomas viejas, veteranas de caserones y campanarios, sumidas en los cuarteles de invierno de las palomas que - por el contrario de lo que sucede con la gente-  pone a sus viejas palomas a vivir sus últimos días comiendo de la mano del afecto, mirando niños y escuchando música de músicos de violonchelo y sombrero en el piso.
La reemplazan unas palomas nuevas, de primera camada, de las que giran por sitios haciendo pasantías de palomas, sin ganas de perder el tiempo con amistades imposibles. Palomas que priorizan su carrera y que saben que fraternizar en un sitio asi les vendrá, desde luego, al final de sus tiempos. Palomas que alzan deshilachados vuelos cuando escuchan los pasos.
Un día no volvieron los obreros municipales, hartos de sacarle el lustre a la ausencia. Y entonces empezaran a llegar, recuperando su sitio originario, desde el fondo de la tierra, las malezas. Empezaran a brotar en simultaneo,  levantando el costillar de las veredas, adornando la sombra de los bancos, hasta conquistar los hombros y el sombrero del  héroe de bronce, aguardando que  en tres semanas, una alfombra de musgos vista su  húmedo verde de gala para  la silenciosa fiesta del olvido.-
Augusto dos Santos. 31/may/12

El señor que silbaba





Nadie escuchó hablar a don Pereira. Salvo dos palabras. Eso sí, silbaba, silbaba entre dientes, suavecito pero sostenido; no silbaba para llamar a nadie, capaz era  tímid, pero no lo haría aun si estuviera en apuros, silbaba para escucharse, silbido de ciego sería.
Don Pereira lucía una impecable chaqueta blanca, pantalones grises y una cartera de cuerina negra que aferraba bajo el brazo en sus paseos por las calles de mi pueblo.

Vivía en una casa de frente de azotea y muro gris en el Barrio San Antonio. Los niños que alguna vez fuimos a recibir sus servicios en su casa pudimos ver su decorosa pobreza y su impecable orden. Sobre una mesa de mantel blanco, había un reloj despertador y un cuaderno “Adelante” donde había una lista de niños con direcciones anotada en lápiz y horarios puestos en birome de trazo rojo.

Algunos niños del barrio General Díaz creían que el silbido de don Pereira aplacaba y silenciaba a los perros. “Los perros no ladran cuando pasa don Pereira” aventurò a decir “Urticaria” Mendieta, el hijo de don Ruperto, sereno de la fàbrica.

Don Pereira caminaba al mediodía y a la medianoche, al amanecer y al ocaso con sus mismos pasos sostenidos, ni lentos ni ligeros, sin girar el rostro, solo silbando y agachando levemente la cabeza morocha -pelo negro indeleble con el paso de los años - cuando debía saludar a los vecinos. Era inmutable, serio, no llegaba a desatento ni a “avá” solo por ese tenue saludo. “Es un inglès mbya” decía mi Papà que sabía ponerle apodos a la gente.

Le tenían mucho respeto nuestros padres. Nosotros le teníamos un sordo pavor.
Cuando llegaba a casa , uno generalmente estaba en la habitación contigua a la sala, en cama y con fiebre y solo escuchabas a tu mamà que decía: Viejo, llegó don Pereira.

Entonces empezabas a seguir toda la escena por los mismos ruidos repetidos de siempre de don Pereira. El silbido que cesaba en la puerta, su saludo levísimo, el “pase don Pereira” del papà de uno. Luego escuchabas la cremallera de la cartera negra, el ruido de las botellitas…allí volvía durante algunos segundos el silbido entre dientes, luego un carraspeo, luego el silbido, luego escuchabas el sonido metálico de los recipientes de hervir el agua, la fricciòn del fosforo, el sofocón del alcohol al encenderse.

Aunque tus viejos estuvieran allì don Pereira no decía palabra, ni del tiempo hablaba don Pereira che. Luego volvía a cesar el silbido, solo para escuchar una sierrita degollando la ampolla del polvo de penicilina. Luego el ruido de la jeringa metálica y las agujas emergiendo de su hervor desinfectante.


Cuando ya te dolía las nalgas era cuando escuchabas la única expresión conocida de don Pereira:
-       ¿Por donde?
Y es entonces cuando los traidores de tus viejos lo traían a la habitación donde vos ya estabas boca abajo y esperando. El frío del alcohol mentiroso untándose en la zona del desastre era la siguiente sensación, luego el ultimo carraspeo y antes que èste termine, el pinchazo.

Era un mago, su pinchazo dolía mas mentalmente que en la realidad. Antes de incorporarse hacía su único gesto humanista, te tocaba la cabeza casi como una caricia y decía algo que ninguno de los chicos del barrio consultados supo desentrañar nunca.
Luego escuchabas que lo despedían y tu  mamà decía algo como
-       A las 5 de nuevo don Pereira?
Y “ así es” era todo lo que decía este hombre.

Julio Centuriòn, una de las mejores voces del rock pilarense, dijo muchos años mas tarde, recordándolo,  “ don Pereira era un señor que no dolía ”. Y tenía razón.-

20-05.13

Estúpidas teorías sobre el amor, en su semana. (I)


Nos acercamos peligrosamente al 14 de febrero lo que promete dos o tres efectos seguros: filas en los moteles con sensibles parejas angustiadas porque "el gesto patriótico" ocurra, de ser posible, en el propio momento en que las manecillas saltan su última estación de la medianoche al primer minuto del 14 F; un importante consumo en regalos, flores y comidas de enamorados y en tercer lugar – y lo único cuestionable por cierto-  un tsunami de lugares comunes, frases de mal gusto, aseveraciones melosas, gemidos lapidarios, clamores orgásmicos, en todas las redes habidas y por haber, en términos de frases o expresiones sobre ¿cual tema?: El amor!.

Pero dentro de esto, que ya es suficientemente difícil de digerir, me adelanto a condenar una de las teorías mas estúpidas que ronda como fantasmas de castillos antiguos ( sí, como aquellos que se vestían con sábanas. Hoy los fantasmas se visten como uno y son retratados por las películas “sucesos paranormales” y por la cámara de videos aficionados, y los celulares), decía, y retomo como diría Galaverna, una de las teorías estúpidas, basadas en la hipocresía – cuando no-  que aduce que ( y hay que pronunciarlo, así entrecortado) no- hay -que –confundir- amor –con- pasión.  Nada mas equivocado.

Esto es evidentemente un cuento de aquellos abuelos que inventaron el matrimonio.

Esta institución- “muy divertida” por cierto- que sirve para que, existiendo en el mundo – últimas cifras- ya casi 7 mil millones de habitantes, tú mujer, debes permanecer toda tu vida viendo a un solo – uno solo eh?- de esa ponchada de gente, amaneciendo y anocheciendo, salvo que se produzcan algunos de los impedimentos legales consagrados en la ley del matrimonio, como la muerte del valor éste. Diversos estudios científicos habrán avalado esta genial alternativa, basados, posiblemente, en lo poco buen marido que puede llegar a ser un muerto.

Pero, para ir al grano, lo perverso de esto es la condena histórica a la pasión.

Los que crearon un mundo así, inventaron todo un discurso que logró separar en la mente de millones de pobres seres desprevenidos y desinformados el amor de la pasión. Porque? Porque en las condiciones en que se daba la pasión en los tiempos antiguos, debía ser muy breve, dolorosa y reprimida.

Imagínense tan solo medio siglo atrás, vean las fotos de principios de siglo pasado de mujeres bañándose en las playas de Mar del Plata con sus escandalosos tobillos expuestos.

  
Entonces, lo que buscó históricamente la condena a la pasión es asegurarse que la gente crea que lo importante es el amor, y llamó amor, al resto de la relación entre dos personas, durara ésta cuatro meses o setenta años; deleznable convención mundial que terminó consumando uno de los fraudes mas importantes de la historia del universo, e, instalando al mismo tiempo ese sitio apocalíptico donde se abreva la infelicidad de numero tal de personas, que, una foto de esta escena bastaría para que el Dante desistiera de su Divina Comedia o se inmortalizara mas bien a Zenoura, Cazador de Imágenes, como el gran vate visual de la historia de la desgracia humana.

Así que “en estas navidades” del 14 de Febrero no jodan subalternizando la pasión al amor, porque es lo único rescatable, es lo único que hace que entre el corazón y  las extremidades esas, transiten todos los ejércitos de Julio Cesar, los desembarcantes de Nombardía y el batallón de los Andes de San Martin cuando un click misterioso nos cruza con el ser enchufado en la mismísima pasión.

Y dura su tiempo, es cierto, como el propio amor, bah, tampoco es un Nokia 1100, o un Magiclik para que te duren toda la vida. Pero vea Ud., señora, que amor y pasión  son, en rigor, la misma persona. Una es día y otra es noche. Una es publica otra es privada. Una abraza otra no deja las manos quietas. Es mas, le diría que Amor es la razón social de una empresa divertida que fabrica pasión.

Concluída la pasión, por descuido o a causa de la horrible condena susodicha,  el resto de la historia  sucede con los años cuando el aburrimiento, el mal de barco reprimido y las “buenas costumbres” condenan a la pasión al exilio ( y acaban las cenas con velitas para dos, ¡salve Oh maestro Sabina!) y puede terminar derivando en un  buen compañerismo,  amistad, afecto, todo lo cual no es despreciable por cierto y sirve para vivir sin mayores pretensiones el resto de la vida. 

Toda vez que tengas un par de pantuflas, un noticiero de las 20 de lunes a viernes , un perro que te traiga los diarios, los domingos y una persistente reserva de omeprazol. Como diría el gran Jefe Seattle, “así termina la vida y comienza el sobrevivir”.

Feliz semana para los felices apasionados que le quedan al mundo, pues.-

"SOY EL NIETO DE MI ABUELO", UN PACTO DE AMOR POR LA RADIO


Tengo un pacto de amor con la radio desde aquel día en que Don Eleuterio tocó el cristal de la puerta de la sala de locutores en Radio Arapysandu de San Ignacio y pidió hablarme. 

Hice una pausa comercial en homenaje al anciano y salí, lo saludè y le dije – como corresponde – que le trae don?
- “Mire señor Dos Santos – me dijo- yo soy ex combatiente y era vecino aquí de la Radio, pero por razones familiares nos mudamos a Villarrica. Yo lo escuchaba por años - Ud es mi periodista preferido… - pero- como le digo- el mes pasado nos mudamos a Villarrica.
- En serio, don Eleuterio … Y viene a visitarnos un rato? .. – dije, palmoteándolo cariñoso.
- No – respondió- en realidad vengo a pedirle un favor –respondió.
- Si claro- le dije- ¿cuál favor?
Se me acercó al oído como expresándose con mas intimidad.
- ¿Serà que no podría hablar mas fuerte? porque en Villarrica, apeeeeenas le escuchamos..

Si señor. Esa es la radio. La radio es un conjunto de circuitos que se energiza con las pilas de la gente. Es una cucaracha intergaláctica cuyo fin anuncian desde los años 50 del siglo pasado y ni atinó a estornudar hasta hoy. Sencillamente porque la vigencia, la persistencia y la incidencia de la radio no responde a variables tecnológicas sino a un asunto de representación. Pretender que la Radio se muera es como plantear que se muera la comedia, porque ahora podemos ver la tele en los celulares.
O sea, va por otro andarivel.
No se mezcla con el territorio de la obsolescencia porque, sencillamente, su lógica no es de obsolescencia. Pueden resultar obsolescentes los aparatos de radio, como paso en la historia de los majestuosos receptores con los que uno “miraba” las radionovelas, o los transistores, o incluso pueden digitalizarse pero la radio no vive como otras formas de comunicación colgada de sus tecnologías, sino…¡aleluya! colgada de sus contenidos.

Yo descubrí el amor por la escucha de radio, en Pilar, con don ORTIZ. Era un talabartero vecino nuestro, cuyo patio – y el nuestro – no tenia otro linde que el aprecio de vecinos, no mediaba ni un muro, ni una ligustrina, siquiera una raya en el piso de arena.

A las once iba a verlo todos los días. Me fascinaba su arte de generar dibujos sobre el cuero curtido, con sus herramientas artesanales, mojando el cuero, ya con sus menjunjes en dos o tres viejas latas, ya con su propia saliva; me atrapaba la rapidez con que iban saliendo las botas, los cordajes de montura.

Al mismo tiempo escuchábamos a Carlitos Gomez, a Julio Del Puerto y a Edgardo Villalba Viccini. En las pausas de Radio Nacional o Radio Primero de Marzo, nos mudábamos a ZP12 para escucharlo a Héctor Bottino con su reseña deportiva.

Allí fue que escuche – y no en otro sitio- las declaraciones de Vidal Mendez, un extraordinario centrocampistas de nuestro club del Barrio, el Gral Diaz ( tenía gilèt en los codos Méndez, nadie que saltò con èl una pelota dividida en el aire dejó de ser atendido al costado de la cancha, che).

El club había ganado el domingo y el lunes ( que era ese día) se ponían las declaraciones. En esas que se escuchan a los jugadores agitados al concluir los juegos. Vidal Mendez había hecho un golazo de mediacancha mediante un zapatazo de su prodigiosa derecha que rompió las redes del Capitan Bado, pese a lo prodigioso que  era “El Corneta” Villalba como arquero.
Entonces, el cronista creyó que era pertinente despedirlo, de la entrevista, a Mendez preguntándole por su edad. Fue cuando Mendez dijo aquello que nunca pude olvidar:
-       Generalmente tengo 26 años.

La radio. Amo la radio. Escuchar radio con Don Ortiz no era cosa de ir a sentarse sobre la lata usada de durazno en almibar, mi asiento habitual, y estar allí. No.

Pese a mis 8 años, tenia mis responsabilidades como oyente. Por ejemplo, cuando la señal empezaba a flaquear bastaba una mirada de Don Ortiz para que yo sepa que debía levantarme, tomar agua de un grifo del jardín de mi casa ( con la misma lata- asiento) y regar exactamente el agujerito del cable a tierra que nacía en el subsuelo del patio de la talabartería y se bifurcaba en dos destinos: uno iba a las espaldas del gigantesco receptor ERRES ( cuya misteriosa parte posterior me era vedado ver durante las shamánicas conexiones diarias de don Ortiz) y el otro se elevaba siguiendo el rumbo hacia arriba de una tacuara que terminaba en una amarronada latita de Nescafè, cuyo propósito era evitar la podredumbre de la cúspide vegetal (ya que el resto del cuerpo lo tenia bien aislado con su corteza impermeable ).

Don Ortiz era un escuchador de radio. Un profesional. Fijensè que comparti esas siestas con èl durante ¿cuántos años?, tres? Cuatro?.¡ y no recuerdo su voz!. El tipo escuchador de radio de aquellos tiempos ( como el buen pescador) no hablaba. Movía las cejas para mostrarte lugares en la ecuación direccional de cejas y ojos; extendía las manos para pedir un terere. Y lo mas espectacular y ruidosamente silencioso que hacía,: detenía su labor, sostenía sus herramientas a la altura del pecho y fijaba la vista en el receptor, con una media sonrisa complice, cuando pretendía que le pusiéramos especial atención a un tramo de “la audición” ( porque así se llamaban antes los “espacios de radio).


Siempre concluía este avistamiento especial con uno de los dos gestos: Una negación de cabeza y un gesto de hacer a un costado la boca si no había que dar crédito a la versión sobre la vuelta de Saturnino Arrua de España o una mirada directa que me lanzaba, con un sí de la cabeza detenida a medio andar y sus labios en U invertida de admiración, si debíamos creer que el Toro Cabral iba a ser convocado a la selección. A lo sumo le agregaba una seña. Nunca hablando. Con una mano hacia el oeste, lado para donde vivían en el barrio nuestro los padres del Toro y sus hermanos.

Sin embargo a la tarde, tipo 4, me mudaba de casa. Iba al otro lado del patio, con mis amigos Palito, Corcho, Luis y Angel Galarza, porque a esa hora empezaba “El León de Francia”, la radionovela de la “Brillantina Liquida Glostora” que pasaban por Radio Corrientes.

Como sufrimos con la doble personalidad del Rodolfo y sus desventuras con el horrible archienemigo Felipe de Borgoña , hijoeputa como nadie.

Lo odiábamos, mas de una vez lanzábamos bolitas de papel de cuadernos viejos- del año anterior- contra el también gigantesco receptor, esta vez PHILLIPS de los Galarza.
Este receptor tenia un mapa enorme, iluminado, donde nos metíamos con la imaginación siguiendo los pasos del personaje, hasta que un día ANGEL, el menor de los Galarza inventò un recurso ingenioso. En un cuaderno de “diseño” armaba para cada capitulo un paisaje imaginario que incluía, campos, taberna, calles, ríos, y con botones de colores ( el Leon de Francia era el botón grande de cuatro agujeros Lila, recuerdo bien) hacia una especie de seguimiento de la acción, como lo hacían en una sala de situación en aquellos gigantescos pizarrones, durante la segunda guerra mundial, digamos.

A la tardecita y a la noche era nuevamente escuchar radio. En casa había tele, pero yo seguía a la radio, era una cosa así. Algunas noches escuchábamos deportes. Nunca me olvido de la versión nocturna de Reseña deportiva con Hector Bottino. Fundamentalmente cuando envió de cronista de box  a Yaco Sisul, que trabaja en “mantenimientos” de la Radio( peleaban, mi vecino Jose “El Caiman Flores” con el Lobo Rodriguez, en la cancha del Mayo). No me olvido porque tras informar que el Lobo fue derribado y quedó “groguit” de un certero cross de derecha asestado por el Caiman, agregó aquella frase inolvidable:
-       “ en síntesis, Bottino, esto fue un Ok”.

Muchos años después. En su primer día como cronista policial. Julio Meza me diría desde alguna comisaría: “Gracias Augusto, para informar que aquí en dependencia policial hay un niño perdido que está llorando torrencialmente”. Pero eso fue ya muchos años después.



Detesto a los radialistas que cuando pasan los años se atreven a pronunciar la terrorífica e ignorante expresión “ en radio ya todo esta dicho (o hecho)”. Jamàs. La radio es un desafío cotidiano. Es una perfecta analogía del lanzamiento en paracaídas. Es lo ultra del concepto “en vivo”, por lo tanto es un bello paseo por los campos florecidos de la imprevisibilidad mas deliciosa.

Una palabra movida en el piso de una conversación es un tropiezo que te convierte en un reverendo estúpido ante la audiencia, así como una palabrita metida, en el momento justo y en el lugar preciso te elevan a los altares de la santidad.

Una vez entrevistaba a un niño. 8 años tendría. ¿Viste que cuando entrevistas a un niño te crees muy canchero?. Una onda, Dadi Brieva en “Agrandaditos”. Así fue que una tarde vino un chico a la radio y me contaba que su abuelo estaba con problemas y necesitaba comprar herramientas porque robaron el tallercito de zapatero que tenía. Ya iba terminando la entrevista y yo iba repasando, al aire, los datos:
-       “bueno, tu abuelo se llama Eliecer Gutierrez, la dirección es Tte Mendoza y Capitan Bruguez, los aportes pueden hacerse en el mismo lugar, no?.”
-       Si, me respondió el niño.
Entonces fue que quise hacerle un homenaje a tan entrañable nieto, por lo menos preguntándole su nombre, pero con una frase-pregunta que me resultó catastrófica:
-       Y vos quien sos? – pregunté inquiriendo por su nombre.
-       Yo? – y sonriendo me dijo: - “Soy el nieto de mi abuelo”

Y heroica también, no?. La radio es heroica. Como lo fue la ZP12 de Pilar que transmitió su señal, durante la inundación del 83, hasta que el agua empezó a filtrarse por la puerta de entrada y los propios vecinos llegaron a obligar la retirada. Pero no callaron la voz sino fueron a reubicarse en  el único “barrio seco” para seguir emitiendo con un transmisor cedido por Humberto Rubin de la Radio Ñanduti.

Pero aun dentro de la heroicidad y las causas, la anécdota brilla como una cuenta de color distinto en un rosario.

Tras el golpe y la destitución del dictador arreciaron las ocupaciones de tierra como un gesto de rebeldía ante años de injusta distribución de la tierra en Paraguay ( que por cierto persiste exactamente igual). Por aquel tiempo las radios – incluso las de la capital – no tenían reparos en acompañar las reivindicaciones campesinas y era común ver cronistas de radio en las ocupaciones.


No me olvido del caso de un amigo muy apreciado que por su arrojo y resistencia lo enviamos a cubrir una ocupación en Misiones. En dos horas ya había instalado una antena en el árbol mas próximo y transmitía en directo la tensión de los debates entre los invasores, propietarios y policía. Por la noche compartía las historias de los campesinos en vivo y en directo. Fueron varios días de un trabajo impecable de información periodística y divulgación de la realidad humana de los sin tierras, matizado con historias y anécdotas, incluso música en directo con alguna guitarra que llevaron consigo.

Un día, quizás el tercero o el cuarto, nos llaman por teléfono agobiados por la preocupación dos dirigentes campesinos. Era un domingo. Nos aseguraban que nuestro cronista “ fue secuestrado por la policía”. Lo cierto es que el compañero no respondía la radio. Preocupados tomamos un vehículo y fuimos hasta el casco de la estancia – a unos 500 metros del sitio de la ocupación- donde la Policía Nacional había instalado su campamento.

Llego y pido hablar con el jefe del destacamento. Y le digo: mire comisario, tenemos una denuncia que ustedes secuestraron a nuestro compañero. El comisario se queda mirándome por un momento y me dice. ¿secuestrado?. Venga me dice, y le acompaño.

El compa estaba en el patio interior del casco de la estancia. Había 8 policías comiendo en una mesa. El comía en una hamaca paraguaya y se balanceaba de tanto en tanto con un palo de escoba. Secuestrado no estaba. Me acerque tras saludar al resto de los allí presentes y al verme sonriò, solo para agregar:
      que querés que haga Jefe, me moría de hambre y el olor a guiso aquí era una tentación. Es nio domingo”.
No paso nada. Lo mudamos a cronista policial.

El “problema económico” siempre esta muy presente en la Radio, principalmente cuando se trata de sufragar largas historias argumentales.
En los estudios de grabación de radio Caritas grabábamos una radionovela que tuvo su historia. Primero porque se nos fue la mano con la cantidad de capítulos, y naturalmente, se nos agotaron los recursos en medio de lo mejor de la trama. Y no era UN problema económico. Era una crisis. O sea, la novela tenia que acabar, terminar, ya. En dos días. Nosotros teníamos mil historias que contar aun. El malvado intendente de aquel pueblo no había sufrido aun el castigo que se merecía, Felipe ni había pedido la mano aun a Griselda y pretendíamos que se casaran y pasaran juntos el resto de tus días. Palabras mas palabras menos.



Aunque resulte trágico relatarlo, tuvimos que resolver la continuidad( o el fin mas bien) de la Radionovela “Ciudad Esperanza” con un lamentable accidente de aviación que mataba al 90 por ciento de los protagonistas.  Decisiones que uno debe tomar.


Historias. Historias de trastienda de Radio hoy para recordar el día mundial de la Radio, como buenos nietos del viejo  abuelo Marconi.-

Augusto dos Santos.

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